Lo que nació para facilitar el acceso a la formación de adultos hoy es un sistema rígido, burocrático y desconectado de la realidad.
La integración de los antiguos Certificados de Profesionalidad en los nuevos Grados C ha impuesto una avalancha de tutorías síncronas obligatorias que contradicen el sentido de la formación online.
Quien estudia a distancia suele hacerlo porque trabaja, cuida de su familia o necesita flexibilidad; exigirle conexiones en directo a horas fijas es dinamitar esa posibilidad.
Mientras tanto, el formador queda atrapado en un modelo absurdo: horas frente a una pantalla vacía para “cumplir horario”, correcciones a deshoras, papeleo interminable y una carga laboral que no se corresponde con las condiciones ni con la retribución.
A esto se suma la FP Dual metida con calzador en itinerarios cortos, obligando a centros y docentes a cuadrar convenios imposibles para personas que ya están trabajando.
No se trata de quejarse: se trata de recuperar la cordura.
Si la Administración quiere docencia presencial telemática, que la llame así y reconozca las horas. Si quiere teleformación real, que deje a los adultos gestionar su tiempo y a los formadores hacer nuestro trabajo sin vigilar pantallas en negro.

